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Artículos de Opinión

EducaMente: una nueva mirada para transformar las aulas

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Estrategias pedagógicas innovadoras para potenciar el aprendizaje y desarrollo de los estudiantes.

Panamá, 21 de septiembre de 2026 – El autor es educador y promotor social

Artículo de Opinión

La educación no se transforma únicamente con nuevos programas, tecnología o infraestructura. También cambia cuando quienes están frente a un aula comprenden mejor a sus estudiantes, sus emociones, sus capacidades y las distintas maneras en que cada uno aprende. En ese proceso, la formación de los docentes ocupa un lugar fundamental.

En Panamá, desde 2019, EducaMente nació con una propuesta que mantiene plena vigencia: acercar la neurociencia, la psicología y la educación a la realidad cotidiana de las aulas. Su propósito no ha sido solamente compartir información, sino ayudar a los educadores a comprender qué ocurre detrás del aprendizaje y cómo ese conocimiento puede convertirse en mejores formas de enseñar, acompañar y relacionarse con los estudiantes.

Su primera edición reunió aproximadamente a 350 participantes. Desde entonces, la iniciativa ha crecido mediante congresos, capacitaciones, talleres y espacios de actualización profesional. Cerca de 7,700 docentes y profesionales vinculados con la educación han participado en sus diferentes actividades, alcanzando, de acuerdo con las cifras del proyecto, a más de tres millones de estudiantes.

Pero detrás de estas cifras existe algo más importante: una necesidad que permanece dentro de nuestras escuelas. Los educadores enfrentan diariamente situaciones relacionadas con la salud mental, la inclusión, la neurodivergencia, el autismo, el TDAH, las dificultades de lectoescritura, la convivencia escolar, el liderazgo y el bienestar socioemocional.

Responder a estos desafíos requiere preparación. Un docente necesita conocer las herramientas que le permitan interpretar mejor determinadas conductas, reconocer diferentes formas de aprendizaje y construir ambientes donde los estudiantes puedan sentirse seguros, escuchados e incluidos.

Uno de los aspectos más interesantes de EducaMente es precisamente su esfuerzo por acercar conocimientos especializados a la práctica. La neurociencia y la psicología pueden parecer disciplinas alejadas de la rutina escolar, pero cuando sus aportes son traducidos a estrategias concretas pueden convertirse en instrumentos útiles para quienes enseñan.

Hay una frase que resume buena parte de esta filosofía: “Cuando cambia el adulto, todo cambia”. La expresión invita a mirar la transformación educativa desde otro ángulo. Antes de pedir mejores resultados a los estudiantes, también debemos preguntarnos cuánto estamos acompañando y fortaleciendo a los adultos responsables de su formación.

Un educador que aprende a comprender antes de juzgar puede responder de manera diferente ante una conducta difícil. Quien conoce mejor las particularidades del aprendizaje puede buscar nuevas estrategias para enseñar. Y quien desarrolla herramientas para cuidar su propio bienestar emocional también puede contribuir a generar espacios más saludables para sus estudiantes.

La experiencia de EducaMente también ha trascendido las fronteras panameñas. Sus congresos han reunido participantes y especialistas de Ecuador, Costa Rica, República Dominicana, Paraguay, Colombia, Bolivia, Estados Unidos y Panamá. Ese intercambio permite compartir experiencias y reconocer que muchos de los retos educativos son comunes en distintos países de la región.

En septiembre de 2026, EducaMente celebrará su octava edición bajo el lema “Neuroeducar para transformar”, con nueve conferencistas internacionales y una asistencia proyectada de entre 1,200 y 1,300 participantes. El crecimiento desde aquella primera convocatoria de aproximadamente 350 personas refleja el interés que existe por encontrar nuevas herramientas para afrontar los desafíos de la educación contemporánea.

Sin embargo, el verdadero impacto de una iniciativa de este tipo no debería medirse solamente por la cantidad de participantes. También está en aquello que sucede después de cada encuentro: cuando un docente regresa a su escuela con una nueva perspectiva, cuando decide escuchar de otra manera a un estudiante o cuando encuentra una estrategia para acompañar una dificultad que antes no sabía cómo abordar.

La educación necesita cambios estructurales, pero también necesita cambios en la mirada. Necesita docentes que continúen aprendiendo, instituciones que acompañen y comunidades que comprendan que educar es una responsabilidad compartida.

EducaMente representa, en ese sentido, una conversación necesaria sobre el presente y el futuro de nuestras aulas. Porque transformar la educación no comienza únicamente con lo que enseñamos. También comienza con la manera en que entendemos a quienes aprenden.

Y quizás esa sea una de las grandes lecciones: para transformar las aulas, primero debemos estar dispuestos a cambiar nuestra propia mirada.

Por Jonathan Padilla Sánchez

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PISA 2025 y la pregunta que Panamá debe hacerse

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Transformar la educación panameña exige analizar las pruebas PISA 2025 con evidencia.

Panamá, 9 de septiembre de 2026 – El autor es educador y promotor social

Artículo de Opinión

Hay resultados educativos que no deberían pasar desapercibidos. La publicación de los resultados de las pruebas PISA 2025 vuelve a poner sobre la mesa una realidad que Panamá no puede seguir postergando: la educación necesita medirse, compararse y transformarse con base en evidencia.

PISA, impulsada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), evalúa a estudiantes de 15 años en áreas fundamentales como ciencias, matemáticas y lectura, además de incorporar en esta edición la resolución de problemas en el mundo digital. No se trata simplemente de saber quién ocupa el primer lugar. Se trata de conocer qué tan preparados están nuestros jóvenes para enfrentar los desafíos de la vida real.

Los resultados de 2025 dejan importantes lecciones. Las jurisdicciones chinas de Beijing, Shanghái, Jiangsu y Zhejiang, agrupadas por la OCDE como B-S-J-Z, y Singapur fueron los sistemas educativos con mejor desempeño global en las tres áreas principales. B-S-J-Z obtuvo 597 puntos en ciencias y 612 en matemáticas, mientras Singapur alcanzó el primer lugar en lectura, con 535 puntos. Japón, Estonia, Corea, Macao, Taipéi Chino y Reino Unido también estuvieron entre los sistemas que lograron ubicarse en los diez primeros lugares en las tres áreas.

¿Qué tienen en común estos sistemas? No existe una fórmula mágica ni una única explicación. Sin embargo, sus resultados muestran la importancia de contar con políticas educativas sostenidas, capacidad de evaluación, formación docente, innovación, cultura científica y una visión de largo plazo. Singapur, por ejemplo, logró que alrededor del 90% de sus estudiantes alcanzara el nivel básico de competencia en ciencias y que el 26% estuviera entre los estudiantes de mayor desempeño en esa área.

Y aquí aparece la pregunta inevitable: ¿dónde está Panamá?

La respuesta es incómoda: Panamá no participó en PISA 2025. La OCDE registra que nuestro país participó anteriormente en 2022, 2018 y 2009, pero no figura entre los participantes del ciclo 2025.

Esta ausencia debería abrir una conversación nacional. No participar significa renunciar temporalmente a una herramienta que permite conocer cómo están aprendiendo nuestros estudiantes frente a jóvenes de decenas de países y economías. Significa, además, perder la posibilidad de observar tendencias internacionales y aprender de sistemas educativos que han conseguido mejores resultados.

La participación en PISA no debe entenderse como una competencia deportiva donde lo importante es aparecer entre los primeros lugares. Su verdadero valor está en el diagnóstico. Panamá ya tiene una referencia preocupante de su participación de 2022: nuestros estudiantes obtuvieron, en promedio, 357 puntos en matemáticas, 392 en lectura y 388 en ciencias, por debajo de los promedios de la OCDE.

Precisamente por eso necesitamos medirnos.

Un país no puede mejorar aquello que se niega a conocer. Si queremos transformar la educación panameña, necesitamos datos confiables que permitan identificar las fortalezas, las brechas entre estudiantes y regiones, las desigualdades socioeconómicas y las áreas donde debemos concentrar recursos y esfuerzos.

PISA tampoco debe convertirse en un instrumento para señalar o culpabilizar a docentes, estudiantes o familias. Al contrario, debe ser una herramienta para comprender qué está ocurriendo dentro de nuestro sistema educativo y construir soluciones.

Panamá necesita mirar hacia los países que están obteniendo mejores resultados, no para copiarlos mecánicamente, sino para estudiar qué políticas funcionan, cómo forman a sus docentes, cómo utilizan la tecnología, cómo fortalecen las ciencias y las matemáticas y, sobre todo, cómo convierten la educación en una verdadera política de Estado.

La gran lección de PISA 2025 no es quién ganó. La gran lección es que la educación sigue siendo uno de los principales motores del desarrollo de las naciones.

Por eso Panamá debe volver a participar, medir sus avances y asumir los resultados con madurez. Porque evaluar no es fracasar. Fracasar sería negarnos a saber dónde estamos y qué debemos hacer para avanzar.

Por: Jonathan Padilla

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Nepotismo: la corrupción que también debemos combatir

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Una llamada a rescatar la meritocracia para fortalecer las instituciones en Panamá.

Panamá, 31 de agosto de 2026 – El autor es Educador y promotor social

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Hablar de corrupción en Panamá suele llevarnos a pensar en grandes escándalos, contratos millonarios, sobrecostos, sobornos o desvío de fondos públicos. Sin embargo, existe una práctica que, aunque a veces se intenta presentar como normal, también debilita profundamente nuestras instituciones: el nepotismo. Cuando los vínculos familiares, personales o políticos pesan más que el mérito, la capacidad y la transparencia para acceder a una posición pública, perdemos todos.

El nepotismo no es un asunto menor. Cada nombramiento realizado por amistad, parentesco o conveniencia, sin considerar la idoneidad, envía un mensaje equivocado a la sociedad. Le dice al joven preparado que estudiar quizá no sea suficiente; al funcionario honesto que competir en igualdad de condiciones puede ser difícil; y al ciudadano que las instituciones pueden convertirse en espacios reservados para grupos cercanos al poder.

El problema se agrava cuando estas prácticas se normalizan. Panamá necesita comprender que la corrupción no comienza únicamente cuando desaparece el dinero público. También empieza cuando se debilitan los principios de igualdad, mérito y servicio. Una institución que privilegia relaciones personales por encima de competencias corre el riesgo de perder eficiencia, credibilidad y capacidad para responder a las verdaderas necesidades de la población.

Los datos internacionales deben hacernos reflexionar. En el Índice de Percepción de la Corrupción 2025 de Transparencia Internacional, Panamá obtuvo 33 puntos sobre 100 y se ubicó en la posición 116 entre 182 países y territorios evaluados. La cifra representa un estancamiento y confirma que tenemos un desafío serio en materia de confianza institucional y transparencia pública. No se trata solamente de una posición en un ranking: detrás de esos números existe una percepción que afecta nuestra imagen, nuestra economía y la relación entre ciudadanos e instituciones.

Un país percibido como vulnerable a la corrupción enfrenta mayores dificultades para construir confianza. Los inversionistas observan la seguridad jurídica y la fortaleza institucional. Los ciudadanos cuestionan si las decisiones se toman pensando en el interés colectivo. Los jóvenes pueden sentirse frustrados cuando consideran que las oportunidades dependen más de conocer a alguien que de prepararse. Así, la corrupción termina afectando el desarrollo económico, la movilidad social y la esperanza.

Combatir el nepotismo requiere decisiones concretas. Necesitamos concursos públicos transparentes, criterios claros de contratación, mecanismos efectivos para prevenir conflictos de interés y una cultura institucional basada en la meritocracia. La formación académica y la experiencia deben importar. También debemos fortalecer la rendición de cuentas y garantizar que la información pública permita a la ciudadanía conocer cómo y por qué se toman determinadas decisiones.

Pero ninguna reforma será suficiente si no cambiamos nuestra cultura. Debemos dejar de justificar lo incorrecto porque “siempre se ha hecho así” o porque beneficia a personas cercanas. La ética pública exige coherencia. No podemos reclamar transparencia para los demás y tolerar privilegios cuando favorecen a nuestros familiares, amigos o aliados. Construir un mejor país comienza también en las pequeñas decisiones cotidianas.

Panamá tiene talento, juventud, profesionales comprometidos y ciudadanos dispuestos a servir. Nuestro reto es crear instituciones donde esas capacidades tengan oportunidades reales. Necesitamos un Estado que premie la preparación, la honestidad y los resultados; no las conexiones.

Ser un mejor país implica entender que la lucha contra la corrupción no pertenece únicamente a los gobiernos, jueces o fiscales. Es una responsabilidad colectiva. La sociedad civil, los medios de comunicación, las empresas, las universidades y cada ciudadano tienen un papel fundamental.

El nepotismo puede parecer una práctica silenciosa, pero sus consecuencias son profundas. Si queremos mejorar nuestra posición internacional y, sobre todo, nuestra calidad institucional, debemos recuperar el valor del mérito. Panamá no necesita más puertas abiertas por parentesco; necesita más oportunidades abiertas para quienes demuestren capacidad y compromiso. Solo así construiremos instituciones más justas, una democracia más fuerte y un país donde el futuro dependa menos de a quién conocemos y más de lo que somos capaces de aportar.

Por: Jonathan Padilla Sánchez

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La relación de trabajo encubierta: cuando el contrato civil es realmente laboral

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La delgada línea entre ser un prestador de servicios y un empleado real.

Panamá, 7 de julio de 2026 – Perfil: Abogado especialista en Derecho del Trabajo

La relación laboral encubierta se ha convertido en una de las principales zonas grises del mercado de trabajo en Panamá. Aunque no es un fenómeno nuevo, su expansión en los últimos años refleja cambios profundos en la forma en que se organiza el trabajo: mayor tercerización, crecimiento de servicios por contrato y nuevas dinámicas digitales.

En términos simples, existe una relación laboral encubierta cuando, bajo la apariencia de un contrato civil o comercial, en la práctica se desarrolla una verdadera relación de trabajo. Es decir, cuando alguien es contratado como “independiente”, pero en realidad trabaja bajo condiciones propias de un empleado.

Esta distinción no es menor. De ella dependen derechos fundamentales como salario, jornada, seguridad social y prestaciones laborales. Por eso, el derecho laboral panameño no se limita a lo que dicen los contratos, sino a lo que ocurre en la realidad.

El propio Código de Trabajo establece criterios claros. La subordinación jurídica —elemento clave de toda relación laboral— se configura cuando el empleador ejerce, o puede ejercer, dirección sobre la forma en que se ejecuta el trabajo. Esto significa que no es necesario un control constante o presencial; basta con que exista la posibilidad de dirigir la actividad.

A esto se suma la dependencia económica, que se presenta cuando los ingresos del trabajador provienen principalmente de una sola fuente o cuando este no tiene verdadera autonomía económica. En estos casos, la ley es clara: ante la duda, la relación debe considerarse laboral. Incluso más, la normativa panameña presume la existencia de una relación de trabajo cuando una persona presta un servicio de manera personal para otra.

Sin embargo, aplicar estos criterios hoy no siempre es sencillo. El mercado laboral ha evolucionado más rápido que las normas. Existen casos de consultores que trabajan durante años para una sola empresa, técnicos que reciben instrucciones diarias aunque facturen como independientes y trabajadores digitales que, aunque no tienen un jefe visible, están sujetos a sistemas de control, métricas y algoritmos que condicionan su desempeño.

En este contexto, la subordinación ya no siempre se manifiesta a través de un horario fijo o un supervisor directo. Puede existir sin presencia física, mediante herramientas tecnológicas o esquemas de control indirecto. Esto obliga a interpretar la ley de forma dinámica, adaptándola a las nuevas realidades del trabajo.

Las consecuencias de ignorar esta situación son relevantes. Para el trabajador, implica la pérdida de derechos básicos: acceso a la seguridad social, estabilidad laboral y prestaciones. Para las empresas, también representa riesgos importantes: litigios, sanciones y el pago retroactivo de obligaciones laborales y de seguridad social.

Pero más allá de las partes involucradas, el impacto es estructural. La proliferación de relaciones encubiertas distorsiona la competencia, favorece la informalidad y debilita la seguridad jurídica del mercado laboral.

Otros países ya han empezado a enfrentar este desafío. Algunos han desarrollado criterios más precisos para identificar cuándo existe una relación laboral; otros han creado categorías intermedias o han regulado de forma específica el trabajo en plataformas digitales. Estas experiencias demuestran que es posible adaptar el derecho laboral sin frenar la actividad económica.

Panamá tiene una oportunidad clara: avanzar hacia reglas más precisas y actualizadas que permitan distinguir, con mayor certeza, entre el trabajo verdaderamente independiente y aquel que, en los hechos, es subordinado. Esto no implica rigidez, sino claridad.

La relación laboral encubierta no es simplemente un problema legal. Es una señal de que el marco normativo actual no refleja completamente la realidad del trabajo. Atenderla no debe verse como una carga para el sector productivo, sino como una medida necesaria para fortalecer la confianza, la transparencia y la equidad en el mercado laboral.

Ignorar esta situación no solo afecta a los trabajadores, sino que también debilita el entorno de negocios del país. Reconocerla y regularla adecuadamente es un paso indispensable para construir un sistema laboral más justo, moderno y coherente con los desafíos actuales.

Autor: Carlos Castillero Virzi – carloscastillero24@gmail.com

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